La evolución de la música ha demostrado que los instrumentos no tienen por qué quedar anclados a un solo género. Bajo esta premisa nace Ananda (The Violin Band), un proyecto musical liderado por Rubén Sánchez Araña, concertino de la Orquesta Sinfónica de Las Palmas, que busca derribar las fronteras entre lo académico y lo popular. La propuesta sitúa al violín en un contexto contemporáneo, transformándolo en un puente que conecta la herencia barroca con los sonidos del presente.

Un repertorio sin etiquetas
El eje central de este espectáculo es el eclecticismo. Según las fuentes, el programa no se limita a un estilo único, sino que explora la versatilidad del violín para adaptarse a diferentes épocas y ritmos. Los asistentes pueden esperar una transición fluida entre la profundidad romántica de Brahms o la fuerza de Shostakovich y la energía icónica de bandas como Nirvana, la majestuosidad de Queen o el magnetismo pop de Michael Jackson.
Esta fusión de géneros no se plantea como un simple experimento, sino como una declaración de intenciones: demostrar que la música, más allá de las clasificaciones, es un vehículo para las emociones.
La formación y la puesta en escena
Para lograr este sonido híbrido, Rubén Sánchez Araña se rodea de una formación moderna que incluye teclado, guitarra, bajo y batería. El equipo artístico está compuesto por:
- Josué Santana: Teclados, acordeón, coros y arreglos.
- Yuniel Rascón: Guitarras y coros.
- Lucas Arencibia: Batería y percusión vocal.
- Adrián Vega: Bajo y percusión corporal.
Además del apartado estrictamente musical, la propuesta apuesta por una puesta en escena vibrante que busca sorprender al espectador. El espectáculo cuenta con un diseño específico de iluminación y visuales a cargo de Fran Pérez, mientras que la ingeniería de sonido corre a cuenta de Gustavo Sánchez.
Información de interés
El concierto de Ananda está diseñado para ser accesible a todos los públicos, eliminando las barreras que a veces separan a la música sinfónica de la audiencia general. La función tiene una duración aproximada de 90 minutos, tiempo en el que el violín asume el rol de guía en un viaje por distintos mundos sonoros.



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